Apolo, dios supremo de la medicina
y médico de los dioses, tenía el poder tanto de mandar epidemias con
sus flechas como también de eliminarlas. Todos sus conocimientos médicos
los trasmitió al Centauro Quirón (1).
Apolo se enamoró y se casó en
secreto con Coronis, con quien engendró un hijo, pero la doncella
también aceptó por orden de su padre, un marido mortal: Ischys. Un
cuervo blanco no respetando el secreto, anunció a Apolo la infidelidad.
Enfurecido el Dios mató a Ischys e hirió mortalmente a Coronis. Antes
de que muera, Apolo le arrebató del vientre a su hijo Asclepio y se
lo entregó al Centauro Quirón, para que le enseñe a sanar las enfermedades
del hombre (1, 2).
Este ser mitológico fue considerado
el fundador y el primer gran maestro de la Medicina.
Se distinguía por ser el más sabio de los centauros y amigo de los
hombres; fue famoso por su bondad, sabiduría, justicia y pericia,
sobre todo, en el arte de curar y de enseñar. Gozó siempre de la protección
y amistad de Apolo. Es por ello, que el dios le confía la educación
de su hijo Asclepio, el alumno más aventajado en el arte de curar
(1, 3, 4) (Fig. 1).
Fig.1.
Apolo, Asclepio y Quirón. Fresco pompeyano.
Museo Arqueológico Nazionale. Nápoles.
De la siguiente manera caracterizó
Píndaro en la Oda Pítica III, la relación entre maestro y alumno (5):
“...el agreste Centauro que abrigaba
tan tiernos sentimientos
hacia el hombre.
Porque era así
su temple, educó, un tiempo,
al afable artesano
del alivio
que el cuerpo
fortalece,
a Asclepio, el
héroe que protege a todos
de múltiples dolencias...”
Pronto el discípulo superó al
maestro realizando importantes obras de magia, como sanar a los enfermos
y hasta resucitar a los muertos. Dominado por estos poderes alcanzados
y aunque algunos dicen también por amor al oro, abusó de ellos. Es
así, que Hades, el rey de los infiernos, se quejó a Zeus, dios supremo
y de la justicia, porque Asclepio amenazaba con despoblar los infiernos,
a cuyos moradores volvía a la tierra. Júpiter se preocupó porque Asclepio
no respetaba los límites de sus obligaciones. Por ello, lo castigó
aniquilándolo con un rayo. Apolo, entristecido por la muerte de su
hijo, suplicó a Zeus que lo pusiera entre las estrellas y lo convirtiera
en dios. Asclepio fue así adorado en los tiempos homéricos. Su culto
se inició en Tesalia en siglo IV, donde el centauro Quirón lo había
educado. Posteriormente sus templos también se erigieron en Atenas,
Epidauro y Cos (1, 5-7).
Los descendientes de Asclepio
monopolizaron en Grecia el arte de curar. Los sacerdotes en los templos
se dedicaron a sanar las enfermedades originadas por dioses, demonios
o héroes mitológicos. Este culto a Asclepio se difundió por toda Grecia.
El número de templos era cada vez más numeroso, y no alcanzaban los
sacerdotes para realizar las curaciones.
También se fueron constituyendo
los Asclepiades, familias de médicos, independientes de los templos.
Estos grupos debieron adoptar extraños a quienes los formaban en este
arte, pero guardaban cierto recelo que estos integrantes desacreditaran
su reputación. No olvidaban que Asclepio había sido muerto por su
ambición y arrogancia. Por ello, cuando un joven ingresaba a la familia
de los Asclepíades y pensaba dedicarse a la medicina, debía jurar
que llevaría una vida como correspondía a la tradición familiar (1,
2, 6-9).
Casi simultáneamente y también
en Cos, Hipócrates (Fig. 2) comenzó a curar y además, a enseñar bajo
un plátano, haciendo que sus discípulos se comprometieran en este
proceso educativo bajo la invocación a Apolo, Asclepio, Higea y Panacea
y demás dioses, no sólo con sus pacientes, sino con el maestro y con
los futuros discípulos (2, 9-12).
Fig. 2.
Hipócrates. Miniatura Bizantina del siglo XIV.
El Juramento Hipocrático expresa (13) (Fig. 3):
uro
por Apolo, médico, Asclepios, Higea y Panacea y todos los dioses y
diosas, poniéndolos como testigos, que cumpliré de acuerdo a mi capacidad
y a mi juicio este juramento y este pacto.
Consideraré a quien me
ha enseñado este arte como igual a mis padres; compartiré mi vida
con él, y si necesita dinero le daré el mío; miraré a sus hijos como
a mis hermanos en línea paterna, y les enseñaré este arte, si lo desean
aprender, sin dinero ni pacto.
Enseñaré los preceptos
y la instrucción oral y toda otra enseñanza a mis hijos y a los hijos
de aquel que me enseñó este arte, y a los alumnos que han firmado
este pacto y lo han jurado de acuerdo a las leyes médicas; pero a
nadie más. Aplicaré medidas dietéticas en beneficio del paciente de
acuerdo con mi capacidad y juicio; lo apartaré de todo daño e injusticia.
Nunca daré drogas venenosas
a nadie, aunque me lo pidan, ni lo sugeriré; asimismo no daré a una
mujer remedio abortivo. En pureza y santidad guardaré mi vida y mi
arte.
No usaré cuchillo ni aun
con los que sufren de piedra, pero los enviaré a los hombres que se
ocupan de este trabajo.
En las casas que pueda
visitar, lo haré en beneficio del enfermo alejándome de todo daño
e injusticia, y en particular de relaciones sexuales con mujeres y
hombres, libres o esclavos.
Lo que vea u oiga durante
el tratamiento y aun fuera de él lo callaré, considerando vergonzosa
su divulgación.
Si cumplo este juramento
y no lo violo, que me sea permitido gozar de la vida y del arte, y
ser honrado entre todos los hombres del futuro; si no lo hago y he
jurado falsamente, que ocurra la suerte opuesta (Siglo IV a.C).
Fig. 3.
Juramento Hipocrático en griego.
El Juramento Hipocrático es la primera declaración
de deontología médica que ha tenido y tiene un innegable impacto en
el curso de la ética médica a través de todos los tiempos y culturas.
De todos los escritos de Hipócrates es el más conocido y fue guía
para los médicos en su relación principalmente con los pacientes (14).
El acto del juramento médico es, entonces, tan
antiguo como la Medicina, perduró a lo largo de los siglos y constituye
la entrada formal a la educación o a la profesión. En la actualidad,
el graduado que al finalizar su carrera toma voluntaria y públicamente
el juramento asume las obligaciones del rol médico, se compromete
con una forma de vida y abraza una profesión (15).
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